martes 10 de mayo de 2011

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Vale, es un martes. Por la noche. Más o menos. Y ella se tumba en la cama y se pone el ordenador sobre las piernas. Hace justo un año que se separó. Nada grave. Ni terceras personas ni nada así. Todo muy civilizado. Casi peor, piensa ella. Las cosas deberían terminar siempre con cismas. Con catástrofes grandiosas. Con fuegos artificiales. Lo demás es dejar ciervos medio muertos en la carretera. Yo me entiendo. Así que enciende el ordenador. Como ayer y como todas las noches. Y piensa en una buena copa de vino y en un pitillo. Pero no tiene nada más que cola cero y no fuma desde hace tres años. Qué poética la cola cero. Qué mierda que nadie le dedique un poema. Hay que joderse. No podías estropear bien las cosas. Un buen diluvio universal. Un apocalipsis pequeño. De cocina de dos. Sólo los grandes dramas dejan espacio para segundas partes. Las guerras lentas sólo dejan heridos. Bah. A tomar por el culo. Busca en todos los rincones de su casa en busca de un pitillo. Pero no hay. Se hace un café. Perfecto para el insomnio. Piensa que si sigue durmiendo tan poco se va a volver loca. Pero la verdad es que no le incomoda. El insomnio, quiero decir. Lo disfruta a su manera. Le gusta poner la radio, tumbarse y tirarse toda la noche escuchándola. Le da paz. Y se olvida de todo. Al cabo de un ratito. Hasta que suena el despertador.