Los mineros se mueren mucho más a menudo que, por ejemplo, los abogados o las azafatas en patines. Pero ésta es una historia de azafatas con patines.
Rocio está en lo que en las empresas de eventos llaman "el cénit de su carrera", es decir, ha sido un mito (a pequeña escala, claro está. Un volcán pequeño) que ya tiene patín y medio en esa caja de pino a la que llamamos retiro del show bussines. Las nuevas vienen pisando fuerte, nena, y tus piernas aún tersas no son tan largas como para tapar tus miserias. Pero siempre puedes ser representante, no sé, reciclarte.
Y ella maldice su suerte por no haber elegido hacerse, no sé, payaso. Los payasos son corredores de fondo. Tienen una larga vida en el negocio. Aunque sean asquerosos. Todos. Sin excepción. Nunca he conocido un payaso que cuando se quita el maquillaje no sea un auténtico hijo de puta que se comería a sus propios hijos por un perrito caliente. El problema ahora son las facturas. Es verdad, hay que reciclarse. Rocio no es orgullosa. Ha tenido su momento y no le supone ningún drama dejar paso a las nuevas generaciones. Hay que tomárselo como es. Un trabajo. Y los egos inflados no son buenos para el trabajo. Provocan estrellas fugaces y juguetes rotos. Y úlceras.
Sea como fuere, Rocio lleva suficiente tiempo en ésto como para conocer a todo el mundo en el mundillo. No le va a faltar el trabajo. Así que llega a su casa, deja sobre la mesa del comedor por última vez su bolsa de deportes con los patines y el uniforme y decide, eso sí, permitirse un pequeño homenaje abriendo una pequeña botella de champán que alguien olvidó en una de las escasísimas cenas que, de vez en cuando, organizaba con familiares o amigos. Se pone su camiseta de ir por casa desgastada con un dibujo de Bambi y enciende la tele. Se bebe la copa poco a poco.
Y afuera se oye como un coche se sale de su carril y se estampa contra una farola.
lunes 28 de noviembre de 2011
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